- PROYECTO: Vivienda unifamiliar
- LOCALIZACIÓN: Maó - Menorca
- FOTOGRAFIA: Shot Menorca Laura Tomás
Casa Antártida - OBRA SELECCIONADA "VII EDICIÓ PREMIS D'ARQUITECTURA DE MENORCA"
Habitar lo esencial
Katia y Javi no buscaban una casa grande; buscaban una casa precisa. Una vivienda en planta baja, adaptada a su forma de vivir, donde cada decisión estuviera al servicio de lo cotidiano y donde lo superfluo desapareciera en favor de lo esencial. Más que un programa, planteaban una actitud: construir lo necesario para la felicidad de su familia.
La pregunta, entonces, no era tanto cuánto construir, sino cómo hacerlo. ¿Cómo puede una casa contenida en metros ofrecer una experiencia espacial generosa?
La respuesta se articula desde el vacío. El patio central no es un recurso compositivo, sino el verdadero corazón del proyecto. Se introduce como una pausa al acceder a la vivienda, un espacio inesperado que dilata la percepción y captura la luz, llevándola hasta el núcleo doméstico. Pero, sobre todo, el patio permite “construir sin construir”: ampliar la casa a través del aire, de la luz y de las visuales cruzadas.
En un entorno donde la normativa permite mayor altura y obliga a la edificación adosada, el proyecto evita la condición de pieza baja y subordinada mediante un gesto sutil pero eficaz: elevar ligeramente la cota respecto a la calle y trabajar la sección como herramienta de proyecto. La vivienda se despliega así en una secuencia de alturas que acompaña el uso: espacios más comprimidos en el acceso, el distribuidor y la cocina, que preparan el recorrido; una zona de noche con una escala intermedia, recogida; y, finalmente, una expansión en la zona de día, donde la mayor altura amplifica la relación con el exterior y la vida en común.
Esta gradación espacial se hace tangible a través de la construcción. Tres sistemas de forjado —losa vista, forjado semirresistente y vigas de madera con marés— no solo resuelven técnicamente el proyecto, sino que construyen su atmósfera. La materialidad se convierte en lenguaje: la inercia mineral, la textura y la calidez dialogan para definir una interioridad serena, donde cada espacio tiene su propio carácter.
La organización funcional se apoya en un único gesto claro: un mueble contenedor longitudinal que recorre la vivienda de norte a sur. Este elemento, casi infraestructural, ordena el programa y libera el resto de la planta. En su interior se alojan los espacios auxiliares —garaje, baño, lavadero— mientras que, hacia el espacio habitable, articula la cocina, el almacenamiento y culmina en el mueble de la sala, donde se integra la chimenea. Más que mobiliario, es una espina dorsal que estructura la casa.
El resultado es una vivienda ajustada en presupuesto y superficie, pero ambiciosa en términos espaciales. Una casa que crece hacia dentro, que se expande a través de la sección, la luz y el vacío, y que encuentra en la precisión de sus decisiones su verdadera riqueza. En un contexto de volúmenes más imponentes, esta arquitectura no compite por escala, sino por inteligencia y sensibilidad, afirmando una identidad propia desde la contención.







